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La Hora de Cristo, la hora de Satanás

In artículos apologéticos, artículos teológicos on abril 7, 2012 by cesaito27

 

La Hora de Cristo, la hora de Satanás

Por Tim Challies

Unas pocas horas a partir de ahora voy a ser el centro de partida para un servicio de Viernes Santo, que reunirá a varias congregaciones locales y esperamos cientos, o tal vez incluso más de mil cristianos. Juntos vamos a recordar la muerte de nuestro Señor. Hoy me he encontrado algunas citas escogidas del maravilloso librito Federico Leahy La Cruz Que El Cargó (en serio, es un libro sorprendente y lleva lecturas repetidas).

En esta primera cita Leahy escribe acerca de la hora de Satanás.

Inicialmente, los planes de sus enemigos tendrían éxito, no sólo porque se le acercaron cubiertos por la oscuridad, sino esencialmente porque en esta hora Satanás y sus fuerzas se les permitieron por Dios someter a Cristo a más sufrimiento y humillación. Dios reservó esta hora de Satanás. En todo el tiempo esta hora era especialmente la suya. La oscuridad de la que habló Cristo era la oscuridad del mal y del príncipe de las tinieblas. En esta hora terrible Satanás tenía vía libre. En el caso de Job, Dios puso un límite a la actividad de Satanás. En la experiencia de Cristo no había límites al ataque de Satanás. Él era libre de hacer lo peor, y lo hizo.

Getsemaní y el Calvario marcó el mediodía en el día mas largo del mundo, y el permiso de Dios es absoluto mientras Satanás reunió a sus legiones para el encuentro decisivo. El primer Adán había sido una presa fácil. ¿Cómo les iría con este Adán? Mientras Satanás entró en el campo de batalla lo hizo plenamente consciente de la Palabra de Dios: “Ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” ¿Recordaría su cínico desprecio de la Palabra de Dios antes, cuando él le preguntó: “¿con que Dios os ha dicho? …” (Génesis 3:1). ¿O es que temía la sentencia dictada en el Edén? Sin duda lo hizo. Pero era la hora fijada. Fue decretada por Dios. Cuando tentó a Cristo en el desierto, Satanás había hecho todo lo posible para desviarlo a partir de esta hora, tomar otro camino que el camino de la cruz, pero todo fue en vano. Ahora la batalla había comenzado en serio. Nada puede detenerlo. ¡Esta es vuestra hora, Satanás!

Y en esta segunda cita se escribe sobre el Cordero que estaba en silencio ante sus acusadores:

Cristo permaneció en silencio sobre las cosas ocultas. Dejó a sus jueces con la Palabra de Dios y allí estaba su gran responsabilidad. Ellos debían ocuparse en las cosas que habían sido reveladas. Cristo tomaría su enigma con él a la tumba. El significado se haría manifiesto en el momento oportuno. Él no echara sus perlas a los cerdos, y no va a dejar a sus jueces ejercer su alto cargo ante Dios. En esto hizo justicia a ellos y al mismo tiempo los condenó.

Haber explicado el enigma al Sanedrín no hubiera sido para la gloria de Dios o por el bien de los jueces de Cristo. Imagínese lo que habría ocurrido si hubiera dicho: “Que me entierren y dentro de tres días resucitaré.” ¡Él habría sido considerado como un escapista ostentoso y sobrenatural! Él habría aliviado el sanedrín de su responsabilidad moral. El amanecer del sábado del Nuevo Testamento se habría convertido en la ocasión de una reunión de espectadores boquiabiertos con la esperanza de ver la última maravilla. ¡Qué burla de la predestinación hubiera sido! ¡Y que golpe de suerte para Satanás! Cristo redentor reducido a un mero super faquir, no acostado en una cama de clavos o caminando sobre brasas, sino levantándose de la tumba!

Si Cristo le había explicado su enigma ese día, habría sido una palabra inoportuna. Eso nunca lo haría. Él no prostituiría su misión dada por Dios. Todos sus milagros, incluyendo su resurrección, son esencialmente parte de su reino y de su obra redentora. Ellos eran totalmente diferentes de los relatados en los evangelios apócrifos, como cuando se escribe que al niño Jesús haciendo pájaros de barro con otros niños haciendo que sus aves volaran! Pero Cristo no era mago, él no tenía ni necesidad ni lugar para las acrobacias.

Con demasiada frecuencia, el silencio de Cristo se le ha dado una peligrosa unilateralidad, mientras su obediencia pasiva se enfatiza, si no del todo, a la exclusión de su obediencia activa. El silencio de Cristo fue deliberado, enfático y con autoridad, era su obra. La pasividad de su sufrimiento era real, pero también lo era la actividad de su obediencia. Llevado como un cordero a la masacre y como oveja ante el esquilador, él fue justo activo hasta en la cruz. Fue como un rey a morir.

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